Hacer un libro podría significar cambiar el vacío de escribir por escribir el vacío.
Edmond Jabés
Por primera vez había que guardar silencio. Yo que nunca lo he soportado, en ésta ocasión era necesario hacerlo para poder seguir escribiendo, para poder seguir dibujando. Era necesario renunciar a todo aquello que me delimitaba de tal manera y no de otra, era necesario renunciar al mandato, al ser y hacer “bien”, era necesario intentar renunciar a todo aquello que en algún sentido fortalecía mi ego y me reafirmaba para decir “yo soy”.
Guardar silencio es renunciar a los nombres, al sentido de las palabras, a lo que mata a lo existente, porque eso de ponerle nombre a las cosas, (ya lo había experimentado) las mata un poco; aunque por otro lado, el hecho de no hacerlo las mantiene también al margen de lo inaccesible.
Hegel escribió alguna vez en una carta a Hölderlin,
el primer acto, mediante el cual Adán se hizo amo de los animales, fue imponerles un nombre, vale decir que los aniquiló en su existencia (en tanto que existentes) […] Dios había creado a los seres, pero el hombre hubo de aniquilarlos. Entonces cobraron sentido para él, y a su vez él los creó a partir de esa muerte en la que habían desaparecido; sólo que, en vez de los seres y, como se dice, de los existentes, ya sólo hubo ser y el hombre fue condenado a no poder acercarse a nada y a no vivir nada sino por el sentido que le era preciso hacer nacer[1]
Al haber experimentado el dibujo distinto a como lo había venido desarrollando, fue que se me ocurrió hacer un libro con esos restos de mi acto de dibujar. Y digo “libro” por decir algo, ya que si se piensa al libro como un soporte, como una suerte de depósito y/o receptáculo, generalmente de “un saber”, de una memoria… mi pretensión estaba lejos de ello.
Si algo caracterizó al proceso de producción, fue justo eso: el no saber; y me refiero en todos los sentidos, incluso, al hacer mismo de la técnica litográfica, lo cual sin duda ayudó a que me enfrentara a los materiales de una manera más reactiva y sin tantos prejuicios.
Los lápices y barras litográficas me recordaban esas crayolas con las que de niña dibujaba, y la piedra ese pizarrón en la pared que me hizo mi papá para que ya no dejara mis rastros por los muros de la casa.
Los trazos se empezaron a dar de una forma inmediata, casi de manera automática diría yo. Y al respecto, pudiera pensarse, tal vez, que al no haber una “reflexión profunda” en lo que en ese momento estaba realizando en mi trabajo, éste estuviera carente de pensamiento. Asumirlo así, de una manera tan reductiva, sería negarme como ser básicamente temporal, sería negarme como guardiana del transcurrir. Todo funciona aquí sobre un postulado que sus efectos han hecho tomar como una realidad: hay conocimiento, pero es inconsciente; recíprocamente es el inconsciente el que sabe. (De Certeau, 2007, pág. 81)
Indudablemente, el trazo inmediato de lo que nos habla es de una relación inmediata, reactiva con el mundo y con los materiales, todo nos llega a parecer tan obvio, tan familiar en él, que fácilmente podemos acomodarnos en el campo de lo placentero. Pero el sentido cambia cuando a estos trazos, lejos de considerarlos como la representación de lo habitual, de lo cotidiano, los presentamos como restos de su función mediática entre el sujeto y no la inmediatez del contacto con el mundo, sino más bien con lo lejano, con aquello que ha sido de algún modo “velado”, olvidado.
Al considerar al dibujo como resto y no como representación, sin duda, a lo que nos enfrentamos, no es a lo placentero, sino a lo absolutamente extraño, a lo insólito, al “origen”, a esa “idea germen” que nos trazó y nos determinó de tal o cual manera, lo mismo que a nuestro dibujo.
De alguna manera, estos dibujos que realicé en litografía, tenían esa doble característica, por un lado muestran lo habitual, haciéndonos creer que lo inmediato nos es familiar y nos da una sensación placentera al identificarnos con esa familiaridad, pero por otro lado, y justo allí radica mi hallazgo, me develan casi espontáneamente, la inocencia del “origen”, aquello olvidado, y entonces… comencé la deconstrucción y la posibilidad de ser la misma, pero distinta.
Ante esta premisa, me quedaba claro entonces que la singularidad de mi “libro”, estaba más allá de sus propiedades de objeto. Si algo pudiera tal vez definir su cualidad sería la del instante. En principio, porque al no dibujar ni escribir propiamente para el libro, sino como acto constitutivo, éste acto (el de la escritura-dibujo) lo atraviesa, no lo contiene. El “libro”, sería meramente efecto, y/o deshecho de mi acción de dibujar, acto que sólo puede ser estabilizado y comprendido a partir de la presentación de sus restos. Si bien es cierto que en este caso, el acto de dibujar se relaciona con la ausencia de obra, con la ausencia de un qué, de un para qué, de un para quién, de un saber, mis dibujos como restos, paradójicamente los investí como obra bajo la forma de libro.
De un libro, pero no como el objeto en sí que lo define o caracteriza, porque incluso me he negado a coserlos, a unirlos unos con otros, porque no remiten a una secuencia, no tiene precisamente un principio y un fin en tanto que no cuenta nada específico, los restos que ahí se presentan, quizás tan sólo son la aproximación a un punto donde nada se revela, donde dibujar como un acto de escribir (de inscribirme) no es sino la sombra del instante vivido, lenguaje imaginario y fragmentado que no devela una verdad.
Así que si alguien buscara el significado de mis trazos y la escritura que conforma mi libro, podría encontrarlo en cualquier otro lado, menos ahí. Mi dibujo – escritura, en sí misma sólo es, y lo único que dice es que es. Puro devenir.
Mi libro, el libro instante, podríamos pensarlo tal vez en la lógica parecida a la del sueño, cuyo recuerdo siempre es fragmentario y su conformación es ajena totalmente a la lógica ordinaria. Es un poco como vivir un acontecimiento fragmentario en imagen, en donde el acontecimiento apenas y llega a rozar en la imagen con aquello de real que pudo haber tenido. La imagen es lo aparecido en tanto que desaparecido, es lo presente en ausencia, y por otro lado es fragmentaria, porque no había ninguna necesidad de contarlo.
En algún sentido, lo que el libro instante propone, es lo que Sloterdijk en su filosofía para configurar una poética del espacio:
[…] nos aventuramos a dejarnos llevar por un movimiento en suspenso, como ese niño que sopla en el aire pompas de jabón a partir de un orificio mientras, entusiasmado, sigue con la vista sus propias obras de arte hasta que sus coloridos objetos explotan […] (Sloterdijk, 2004, pág.140)
| escritura en devenir donde no hay más que sólo vacío hasta que se constituya la experiencia. | |||