14/12/10

4.1 El Libro Como Espacio [vacío]



El espacio a través del cual se arrojan los pájaros no es
el espacio íntimo que realza tu rostro…
el espacio nos supera y traduce las cosas

Rainer M. Rilke

No hay recuerdos inocentes…
Desde niña mi relación con lo que comúnmente se identifica como un libro, fue muy significativa. Tengo imágenes muy presentes de mi padre leyendo en el sillón de la sala, y yo ante mi incapacidad de poder descifrar todavía esos signos que era la palabra escrita, me conformaba con los cuentos o lo que pudiera decirme mi papá, o simplemente con repasar cada una de sus páginas viendo las imágenes que contenían en ellas, inventando historias o tal vez explicándome sucesos a través de ellas.

Después, cuando comencé el proceso de aprendizaje de la lecto escritura, alrededor de los cinco años, ante ciertas dificultades que enfrenté (según reportaba mi maestra a mi madre), el mejor recuerdo que tengo de mi abuela (si no es que el único) es cuando jugaba conmigo a escribirme palabras con su dedo sobre diferentes partes de mi cuerpo, como las palmas de mis manos, mis brazos, mi espalda y mi rostro, según ella para que recordara más fácilmente las letras y no las confundiera. El juego consistía en que al mismo tiempo que observaba como escribía sobre mi cuerpo las palabras y las repetíamos juntas, yo sentía un cosquilleo que me invadía toda, de tal manera que tenía que contenerlo. Después, las reglas del juego cambiaron, y era con los ojos vendados y sólo a través de sentir ese cosquilleo como tenía que descifrar qué es lo que estaba escribiendo mi abuela en mi cuerpo. No se si eso fue lo que funcionó para que yo finalmente aprendiera a leer y escribir, pero lo que si es seguro, es que ahora, cada vez que alguien acaricia mi cuerpo y vuelvo a sentir ese cosquilleo, es como si cada uno de mis poros se abrieran, se colocaran en posición de alerta, listos para descifrar un mensaje o un secreto.

Tiempo después, yo tendría como nueve o diez años de edad, no sé por qué se me ocurrió escribir dizque un “libro” de poemas.
Qué poesía podría escribir una niña a esa edad, si acaso palabras que rimaran sin ningún sentido. Esos trozos de hojas recortadas y cosidas, con mis “poemas” escritos en ellos, acompañados con algunos dibujos que hice también, me sirvieron para estafar a mis tías, vendiéndoselos a algunas de ellas, siendo una suerte que al pasar de los años, de aquel hecho sólo haya quedado la anécdota para contar en las reuniones familiares, y que de aquellos “libros” no quede evidencia alguna.

Irremediablemente, a partir de éstas y otras tantas experiencias que he tenido con el libro y la escritura, es que surgen algunas preguntas: ¿escritura y libro son lo mismo? ¿una constituye al otro o ambos pueden interactuar independientes? ¿qué es el libro?

Hasta entonces, había experimentado al libro como un objeto contenedor de un saber, de “algo” que instruye, como un contenedor de historias; lo había experimentado también como un cuerpo y como un conjunto de páginas blancas, donde siempre el blanco parece infinito e imposible de llenar.

Maurice Blanchot dice respecto al libro que, es el a-priori del saber,

el libro constituye la condición para toda posibilidad de lectura y de escritura […] No se sabría nada si no existiese siempre de antemano la memoria impersonal del libro […] Lo absoluto del libro es así el aislamiento de una posibilidad que pretende no tener origen en ninguna otra anterioridad. (Blanchot, 1973, pág. 22)

Se sobreentiende que no tener origen en ninguna otra anterioridad, significaría incluso la ausencia de huellas que dieran índice de su origen, de eso que hizo posible su existencia. Con ello, sería viable acceder entonces a la idea de libro como espacio [vacío], puesto que no hay nada que anteceda al vacío. Crear el espacio, según Christlieb, tiene algo de difícil, porque espacio, es todo lo que había antes de que a cualquiera se le ocurriera crear algo. Equivale a crear el agua dentro del mar. […] Es con la invención del espacio con lo que se hecha andar a la cultura (Christlieb, 1994, pág. 322)

Y el hombre, como ha inventado ese espacio, el mundo, es a través del lenguaje, el cual, paradójicamente nos niega esa inmediatez con las cosas al nombrarlas, al convertirlas en ausencia, en tanto que si digo por ejemplo: hombre, en algún sentido le retiro lo real de carne y hueso que tiene y le hago ausente. La palabra me da el ser, pero privado del ser (Blanchot, 2002, pág.127).

Luego entonces, si el libro es el espacio [vacío], la escritura y el dibujo al considerarlo como una manera de inscripción, sería una especie de ausencia visible de eso a lo que no tenemos acceso. Christlieb, atinadamente dice que el lenguaje comienza con el silencio: el silencio lingüístico es aquella parte del lenguaje que está más allá de las palabras (Christlieb, 2004, pág. 81) La palabra, en tanto que ausencia visible de la cosa, conlleva ya en sí misma una ambigüedad inherente, “algo” que no es dicho porque es inaprensible.

Marzo 2, 2009
[…]¿de dónde viene este miedo?, reconocer que a veces el corazón late demasiado y eso no sale en el papel. (D.P)

De algún modo, el miedo siempre aparece ante lo desconocido, a la incertidumbre, al no saber, de ahí el afán tan humano de fijar, de establecer una lucha por encontrar una matriz de sentido, algo que ordene lo que en sí no tiene orden, lo que en sí conlleva multiplicidad de sentidos. Era necesario dar un siguiente paso; si de alguna manera ya lo había experimentado en el amor, en mi relación con los otros, ahora era momento de hacerlo en mi producción, en lo que hago para inscribirme en el tiempo y en el mundo.

Entonces, comencé mi intento por inscribirme, no tanto para extraer su fundamento o su justificación, sino para encontrar el espacio en que me despliego, el vacío que me sirve de lugar para recrearme de nuevo.
Llenar de sentido al libro sería un poco como matarlo, desaparecerlo. El libro anula toda continuidad de presencia, escapa a la interrogación que contiene el libro (Blanchot, 1973, pág) El libro no es su interioridad ni su sentido siempre eludido decía Jabés, entonces, inscribirse en el libro como espacio [vacío] es de antemano saber que nunca seremos dichos del todo, pues para ello el lenguaje resulta siempre insuficiente, el alma misma del libro radica entonces, no en lo que se dice, porque a veces ni se sabe lo que se dice, sino en lo que no se dice, en lo que queda no dicho en cada palabra, en cada trazo; de otra manera, lo que queda en el silencio. Desde ésta mirada, podríamos decir entonces que el sentido del libro siempre está fuera de él y que lo que ahí contiene, son tan sólo mis restos.