Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba
la llave de la puerta.
Julio Cortazar
Desde que recuerdo que aprendí a escribir, cuando tenía 5 – 6 años me recuerdo dejando “vestigios”, primero en la pared, luego en hojas de cuadernos y luego en mis diarios.
El lenguaje escrito se tornó en algo muy importante en mí, para poder primero, descargar todo aquello incomprensible de las sensaciones[1] que pudieran producir hechos o acontecimientos que sucedían en mi vida y luego, más bien, de algún modo inventar una manera de cómo contarme eso vivido, pero no en el sentido de describir impresiones de acontecimientos o lugares. Mi escritura como medio para simbolizar la experiencia, se ha ido transformando a través de los años, al principio no pasaba de repetir interminablemente hasta que se desvaneciera la sensación que experimentaba en ese momento, una frase que se ajustara para describirla como un te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio… Tal pareciera que la escritura me daba el espacio, la posibilidad de decir eso que prácticamente era innombrable. Sin duda, descubrí en la escritura la dimensión de lo que no, de lo que siempre falta.
Poco a poco mi escritura se fue transformando en una especie de práctica y a la vez proceso: escribiendo reconstruía el tiempo, me contaba una historia constituyéndome en una tercera persona de la cual escribía, de algún modo me inventaba y reinventaba al leerme. A través de la escritura vomitaba todo, aquello que me importaba lo daba hasta quedarme sin nada, es como si me lanzara al desfiladero, a ese abismo al que toda la vida me enseñaron a tenerle miedo.
Alguna vez leí que la condición para comenzar a escribir es perder todo, tal vez porque, cuando lo has perdido todo, sientes que no hay más camino, no hay más sentido, no hay más verdad fija, te pierdes en tu propio extravío y continúas perdiéndote, es como si tu cuerpo no hiciera ya resistencia y en el desvarío comenzaran a surgir palabras como señales de sobrevivencia.
Paradójicamente, esa misma sensación no la experimentaba al momento de producir mis imágenes, tal vez porque éstas estaban más expuestas. Mi escritura es únicamente mía, no se expone, no se arriesga, si a caso se asoman sigilosamente algunas líneas en mis dibujos, nada que comprometa demasiado la dulce apariencia de las imágenes. Si dejo salir al monstruo sería terrible, es la destrucción en su más pura palabra. Cada vez que leo algo de mi diario confirmo más la idea aquella de Freud de pulsión de muerte, no en tanto violencia, sino como un deseo paulatino de abandonar la lucha de la vida y “volver a la quietud de las piedras”. En cada línea el recuerdo queda sustituido por la repetición, más allá del principio del placer como diría Freud.
Durante muchos años quemé mis diarios cada noche de año nuevo. Era para mi todo un ritual cuando todos se iban a dormir y yo me quedaba sola junto a la chimenea de la sala de mis papás. Cada año nuevo quemaba el diario que había escrito en el transcurso de todo ese año, como si la acción misma de quemarlo abriera nuevas esperanzas y expectativas para el año venidero, por lo menos esa noche tenía la sensación de no pensar en mí, sino en la que quisiera ser.
Fue hasta el 2002 cuando después de haber experimentado la relación amorosa más intensa que hasta el momento había vivido (pero no por ello menos tormentosa), el destino de mis diarios cambió. A diferencia de los años anteriores los diarios del 2002 al 2004 no corrieron la misma suerte que los pasados, pues se los regalé a aquella persona, así que tampoco puedo decir que me pertenecen, ahora son más suyos que míos. El naufragio no se hizo esperar y ahora forman parte también de las pérdidas.
Tras el naufragio… el año 2005 fue el año que menos escribí. Tal parecía que el miedo estaba llegando, y sin duda éste siempre coexiste separado de la escritura, ¿quién podría decir que escribe para no tener miedo? Al contrario! La mayoría de las veces uno se espanta con lo que escribe. Ese espacio que en algún momento me pareció que era mi espacio de transgresión, el miedo me lo negó, no porque el miedo sea inconfensable, siempre he tenido facilidad para mostrarme “temerosa”, “frágil”, dicen los otros, sino porque el miedo me paralizó, me anestesió, dejé al descubierto una locura en plena conciencia, mi locura ya era de cordura.
[1] Pablo Fernández Christlieb hace alusión a que lo que se siente no es una emoción, sino una sensación, algo indiferenciado que puede ser todo y nada a la vez. Los sentimientos precisos dependen solamente del nombre que reciban y del discurso al que se les hace entrar al darles nombre.